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22 sept. 2015

Susana Dillon, a tres años de su partida. El lapacho que tanto amó empieza a florecer




Locura de lapacho rosa 

     Octubre se ruboriza en el lapacho que viste sus galas ciudadanas.
     La esquina de Moreno y Alvear es terreno propicio para cuento de hadas, cuando el lapacho centenario extiende su ramazón florida.
     La gente pasa, embebida en problemas de la crisis, azotada por la desesperanza. Cruza, comercia, grita, sin reparar en el rosado milagro que se extiende para dar cabida en su regazo a los niños que juegan a su sombra.
     Contemplo mi lapacho mientras la gente pasa sin mirarlo. ¡Es tan hermoso! Y hasta pareciera, que porque lo descubro, el árbol es sólo mío.
     Las palmeras con duendes, pájaros y alguna intrépida paloma, no son en esta época motivo de inquietudes literarias. El jacarandá todavía duerme su sueño invernal. Allí, mezclada en sus raíces vaga, el amable fantasma de mi madre y cuando descansa sonriente duerme sus sueños de maestra inclaudicable.(*)
     En la otra esquina, el escribano –que es sabio en aquello de "la propiedad que dinero ha"– me narra con cierta nostalgia:
     Cuando era niño don Francisco, el jardinero del Normal, era Cronos, el viejito del Tiempo, que con su guadaña cortaba no sólo la gramilla, también dictaba la praxis de cómo hacer felices a los árboles. Describía medios círculos con su brillante herramienta, le daba filos trazados con piedra rumorosa, llevaba un delantal gris y gorra de visera. Él era protagonista de la visita guiada. —A ver chicos, escuchen, que el jardinero les contará la historia del predio de la escuela –decían las maestras del almidón y la tiza, y más que don Francisco, era la piedra contra la hoja brillante la que soltaba la amenísima charla.
Contaba con paciencia biografía ilustrada del palo borracho de flor blanca, la incógnita de las palmeras airosas, la lentitud en crecer del tala cerril, el porqué de los suspiros azules, el ponderado aroma de la magnolia melancólica, pero donde había más letra era en el explicar el sueño rosado del lapacho que prometía ser gigante.
     Los chicos, modosos, respetando el sendero dejado por el explícito señor de la guadaña, observaban el ir y venir de la herramienta recortando la espesura de la alfombra verde.
     En estos días, los he visto, a los que se asoman desde el balcón del Registro Civil a contemplar la maravilla florecida y entre mirada y mirada casan a la gente que todavía se atreve.
     Quiero parar el tránsito, les exijo a los apurados pasajeros del ómnibus N°5 que se apeen, que se relajen, que se embelesen con el rincón más bello de la Villa del marqués. Interrumpo su ruta a camioneros, a transeúntes, a chicos estudiantes, a señoras de compras, a sombríos ejecutivos. -¡Vean, pasen, contemplen, detengan su mirada! ¡Saquen fotos... y cásense en octubre!
     Paro al verdulero que sonriente empuja su carrito, al matungo le pongo una margarita en la cabeza. ¡Mire qué rosada ilusión les desparrama a los novios mi lapacho! Entonces, el muchacho, con gesto de Cyrano, me obsequia un alcaucil como si fuera una rosa.
     Pasa Rive: —¿Viste mi lapacho como un volcán que derrama alegría? —(ya hay alguien más que declara propiedades).
      Arriba, en las palmeras, los duendes de la escuela se alborotan, revolotean los pájaros, se desata la algarabía de la familia alada.
     A las gentes y bichos los conmino: — ¡Miren, miren, por Dios, cuánta belleza!
     Por aquí viene Juancito, un amigo y vecino: — ¡Vení, ponete en pose, que te saco una foto delante de mi lapacho!
     Se para el tránsito. La gente quiere saber de qué se trata. Les grito: —¡¡Miren, miren, está explotando octubre en mi lapacho!!
     Y Juancito, que me venía a charlar sobre los gremios, los conductores vendidos, la crisis y los cecor, me reprocha: —¡¡Vieja, hoy no se te puede hablar, estás muy loca!!
(*) En las raíces del jacarandá están las cenizas de la madre de la autora de Ranquelito.

Esta lectura es del libro manual "Ranquelito" que salió en 1999 por lo tanto encontrarán que el Registro Civil estaba en frente de la Escuela Normal y en lugar de pesos, pagábamos con "Cecor". - Ahora, felizmente el lapacho está florecido como nunca y todos los vecinos participamos de su encanto, por eso lo hacemos "nuestro".

                                                                                    Susana Dillon