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16 feb 2014

Conociendo América: En busca de "El Dorado" por Susana Dillon

 En busca de "El Dorado"


 Susana Dillon

Colombia resultó ser más rica en oro que México y el Perú. Fue más allá en aquella tierra tropical donde salí a buscar a los que en otros tiempos habían trabajado el oro como si fuera encaje. Una experiencia inolvidable y ejemplificadora.

“Primero estaba el mar, todo estaba oscuro, no había ni sol, ni luna, ni gente, ni animales, ni plantas. El mar estaba en todas partes. El mar era la madre. La madre no era mi gente ni nada, ni cosa alguna, ella era el espíritu de lo que iba a venir y ella era el pensamiento y la memoria”.

                                                                          Mitología kogis               


 La primera vez que visité el Museo del Oro de Bogotá me quedé mirando las inscripciones de sus escaleras, donde sabiamente está condensada  la sabiduría de los kogis, una de las culturas  aborígenes que sobreviven en territorio colombiano. Luego un guía trató de meter en mi apabullado magín un sinnúmero de nociones arqueológicas y antropológicas, para darme finalmente el golpe de gracia, cuando entramos, con un nutrido grupo de turistas gringos, a  la sala blindada, donde reluce el más imponente tesoro que museo alguno pueda albergar, que hasta, pienso, podría palidecer al mismísimo Tutankamon.
 Cuando las pesadas puertas se cerraron tras los turistas y se nos fue dando luz progresivamente, noté que varios de los que allí estábamos entramos a pestañar y de todas las bocas salió un incontenible ¡Oh!, producto del general deslumbramiento: collares, brazaletes, narigueras, cerbatanas, cascabeles, coronas, polainas, anillos, alfileres, anzuelos, pectorales, aros, prendedores, poporos, totumos y utensilios de cocina, todo, todo en oro puro. Aun para el más desapasionado observador aquello trajo los comentarios de los espectadores, nadie quedó indiferente ante la labor de los creadores de tanta maravilla, no sólo por la riqueza que representaba el metal, sino por el primor con que estaban ejecutadas estas miles de obras de arte dignas del cincel de Benvenuto Cellini.
 Desde ese día, hará ya más de 30 años, he seguido fiel a mis indios, procurando acrecentar mis conocimientos, situándome recién en los umbrales de la historia de América prehispánica.
 Pero si bien el impacto producido por aquellos creadores de filigranas áureas me motivó a iniciar la búsqueda de noticia, más lo que fue la lectura del génesis de los kogis, vertidos con palabras  tan poéticas como llegadoras “Nyeldue era el padre del oro, de la canoa y de los árboles”, así reza otra sentencia de la mitología, y eso me dio la pista, el camino por seguir, para encontrarme con sus descendientes actuales. En eso estuve, hasta el descubrimiento de El macondo, pasado y presente de una singularísima  región, donde la más loca fantasía puede ser la realidad cotidiana.
 Varias veces he sentido la fascinación del trópico colombiano, donde anidaron las culturas de oro, en una bucólica geografía, donde los Andes están cubiertos de verdor y regados por ríos murmurantes, que se atreven a saltar de alturas insólitas. Realmente el reino del Nyeldue, padre de la canoa y de los árboles.
 En las cercanías de Santa Marta, en un valle cálido y fértil, se asienta la población de Valledupar, que debe albergar algo así como quinientos mil habitantes. Esta es la patria de la música vallenata (nacida en el valle). Lleva el nombre del cacique Upare, famoso por su poder y sabiduría, que allá por el 1570 fue muerto por Ambrosio Alfinger, un alemán metido a conquistador, luego de haberle hecho pagar un fabuloso rescate en oro y plata, que los aterrorizados súbditos reunieron para salvar a su cacique. Sin embargo, fue igualmente ejecutado y pasado a cuchillo sus fieles rescatadores, al son de que eran herejes y paganos. Claro que siempre hubo un sacerdote que los bautizara, como en el caso tan conocido de Atahualpa, el inca, más nunca se supo que uno solo hubiese pedido misericordia en nombre de la cruz para los dueños de las tierras conquistadas e inocentes víctimas de la rapiña imperial.
 De  aquellos indios perseguidos, diezmados por las enfermedades traídas por los blancos, reducidos a la esclavitud, quedaron grupos aislados como los kogis, caribes,  motilones, arhuacos y otros… la mayoría de origen chibcha; todos dispararon a las sierras y a los valle ocultos. Allí se establecieron conservando hasta el presente sus tradiciones y manteniéndose etnológicamente puros. Recelan del blanco que a cambio de renegar de sus dioses les ofrecen la esclavitud y el vasallaje.
 A estos indios me propuse visitar, ya que me enteré de que cerca de Pueblo Bello existe un valle famoso por un paisaje y su gente, donde el gobierno colombiano sostiene y protege una reducción de arhuacos, que viven como sus ancestros, sin importarles gran cosa lo que pueda brindarle la civilización, salvo algún que otro producto farmacéutico o agujas de coser lana, única tentación con la que pueden arribar los blancos.   
 Para llegar al valle de San Sebastián de Taironaca, como se la llama  desde su descubrimiento, hay que recorrer en un reforzado Jeep la carretera más escabrosa que se pueda pensar, a menudo único sendero, a veces picada en el laberinto del bosque. Tierra cubierta de pantanares y caña de azúcar, de árboles colosales, tapizados de orquídeas que rivalizan con la espuma de los helechos gigantes… y  flores, flores, flores, que estallan desde el abismo hasta la cumbre en un vaho a frutas y pétalos, a agua murmuradora, sensualmente adormecida por la música de la selva tropical: toda maracas y huiros, ahí donde nace la cumbia, parida por la propia naturaleza.
 Nuestros compañeros de viaje, todos vallenatos, suben al Jeep, cargan sus niños, sus gallinas y hasta su puerco que va al techo en una canasta. Todos, en dulce montón dando tumbos, entre dichos y ocurrencias, se unen amistosos a mi charla. Cuando me saben argentina, surge el tema inevitable: “Las Malvinas”. La sencilla gente quiere saber detalles de la guerra absurda y  pide explicaciones sobre “cómo quedaron con los gringos”. Se afligen, se solidarizan. Tienen claras las cosas. El otro tema insoslayable es el tango: nunca he visto gente que ame y sepa de tango tanto como los colombianos… sobre todo los colombianos de la guardia vieja.
 Y así en jacarandosa cháchara, en esto de decir y preguntar, de cantar alguna estrofa de Manzi o de la Blázquez, nada más que por actualizarlos a cambio de la jocosa y picante cumbia -¿Qué es lo que mi negra quiere?-  se pasa por el túnel vegetal que alberga la más variada flora que uno sueñe para llegar a Pueblo Bello -un valle donde pasó el tiempo y enamorado del paisaje, se quedó en suspenso-.
 Ahora hay que cambiar de Jeep, de conductor y de pasajeros. Se bajan los que llevan en brazos las gallinas y reniegan con el puerco de la canasta, que se escapa al monte suponiendo su corta vida. Allí no hay heladera y las viandas deben viajar vivas para que no se descompongan. Lo normal en el llano son los 40º C. Sube el nuevo contingente con otras insólitas cargas y las provisiones de rigor. Otra vez dar tumbos por entre la piedra viva. Jamás por allí pasó una motoniveladora, ni herramienta alguna que mejore el camino de las cumbres. Los arhuacos  no necesitan caminos: van a pie. El burro carga sus trastos. Allá a nadie le inquieta  “la sociedad de consumo”.
 Pero ya ronca el Jeep y hay que seguir hasta el valle colgado de las cumbres… y como dice la cumbia, “el camino es culebrero”.

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