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6 feb 2013

Agrotóxicos o derecho a la vida



Por Mario Cafiero. 

En materia de agrotóxicos estamos inmersos en un proceso insensato y fuera de control. Veo un paralelismo con lo que sucedió y viene aconteciendo en el mundo de las finanzas globales. A fuerza de “golpes financieros” el argentino se convenció de que el que no apuesta al dólar pierde y lo mismo aconteció al hombre de campo: el que no apuesta a la soja pierde también.
Cuando era diputado nacional, en 2004, mucho antes de la famosa resolución 125, tuve el atrevimiento de proponer una suba de las retenciones a la soja para crear un fondo que financie otros cultivos. Cayeron rayos y centellas sobre mi persona. El único apoyo fue del Grupo de Reflexión Rural, con Jorge Rulli a la cabeza. También en ese año, tuve la oportunidad de visitar el barrio Ituzaingó en Córdoba y en la casa de Sofía Gatica, mapa en mano con los casos de cáncer, tomar conciencia del daño a la salud que provocaban las fumigaciones.

 Cada vez que comemos ingerimos un cóctel de productos químicos y transgénicos. Poco sabemos —y poco se nos informa— de cómo esta ingesta daña nuestra salud. Se lo vincula con el constante crecimiento de diferentes enfermedades crónicas como el cáncer, enfermedades neurodegenerativas, diabetes, obesidad, infertilidad, etc.

 Las multinacionales creen que nosotros debemos resignarnos a ello a cambio del “progreso y modernidad”. Que debemos aceptar que parte de nuestro territorio sea degradado a una “zona de sacrificio” y que nuestros pobladores renuncien a vivir sanamente. Mirándolo en perspectiva, parece que en la división internacional del trabajo a los argentinos nos toca poner la Cordillera para la megaminería del oro y plata; nuestra llanura para la megaagricultura de monocultivo de soja; nuestro subsuelo para extraer petróleo y gas no convencional mediante la terrorífica técnica del fracking; y nuestro Atlántico Sur por su petróleo y pesca. Algunos creen que esto lo tenemos que aceptar porque es imposible de cambiar. O sea, nos proponen en definitiva que sigamos siendo una neocolonia.

Una neocolonia que podrá ir cambiando sus estados de ánimo. Y pasar de ser muy infelices en el 2001, a estar más contentos en el 2011, por una mejor gestión asistencialista y/o por mejores precios de sus materias primas. Pero colonia al fin. Sin capacidad de quedarse con la renta minera, agraria, petrolera, financiera, etc; y por lo tanto imposibilitada de integrar económicamente a su población, ni alcanzar la justicia social.
Es que pese al discurso, nuestro gobierno “nacional y popular” es el garante de la continuidad de este modelo neocolonial. Parece muy transgresor el símbolo de ver a Cristina Kirchner sacarse una foto en la trinchera de Vietnam, donde hace 40 años se bombardeaba con napalm con tecnología de Monsanto. Pero al mismo tiempo ella alienta sus negocios en la Argentina y celebra que inviertan en agrotóxicos.

 Con responsabilidad, debemos pensar que está en peligro la salud de millones de personas. Esta es una lucha entre los que queremos la vida y los que no les importa la vida en aras de un buen negocio. Un viejo dilema del hombre, que hoy toma dimensiones planetarias. 
* Ingeniero. Diputado nacional mandato cumplido (MC).
Fuente: Puntal 5 de febrero de 2013

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